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ΕΘΑΝΕ

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Misericordia: un regalo

Soraya Rivero Monzón, O.P.

Soraya Rivero Monzón, O.P.

 

Quiero comenzar este compartir con ustedes recogiendo algunas ideas que el papa Francisco nos señala en la bula del Jubileo de la Misericordia, que conectan con ciertas experiencias que he tenido la suerte de vivir.

Para empezar el título: “El rostro de la misericordia”. Cuando pensamos en misericordia, pensamos en un sentimiento, en una emoción, que normalmente está relacionado con otra persona que está en situación de sufrimiento, de desvalimiento, de enfermedad. Sin embargo, el papa nos señala que la misericordia va más allá del sentimiento, tiene rostro, una cara, unos rasgos. En la primera frase de la bula dice “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre”. Y añade “la misericordia es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano, que encuentra en el camino de la vida.” 

Con estas ideas de fondo, me atrevo a contarles algunas vivencias con un colectivo de estos hermanos, con los que trabajé en Lanzarte durante seis años. Llegué allí, y prácticamente por casualidad, empecé a trabajar de educadora en un proyecto con personas sin hogar. Cuando me lo ofrecieron enseguida dije que sí, entre cosas porque las personas responsables del mismo creyeron que yo podría aportar algo. Probablemente fue así, pero nada en comparación con lo que recibí yo: una experiencia muy rica, con la que he aprendido, he crecido interiormente y que ha transformado mi mirada sobre las personas concretas y sobre el mundo en general. 

Al día siguiente del ofrecimiento fui al lugar de trabajo, era una casa de acogida, destinada a que unas 14  personas residieran allí mientras hacían cada uno o cada una, su proceso personal. Los primeros días fueron de empaparme de todas las normas, del funcionamiento, de los horarios, información más información, y también de ir poniendo rostro a las personas que allí estaban residiendo. 

No sé qué idea tiene cada uno de ustedes del rostro de una persona sin techo, pero yo hasta ese momento tenía una imagen de alguien sucio, maloliente, agresivo, maleducado, y sobre todo de alguien culpable de lo que le pasaba. Cuántas veces no pensamos, ¿qué habrá hecho para estar ahí?

En el tiempo que estuve en este proyecto descubrí que el rostro de estas personas, tiene más que ver con la soledad, con la tristeza, con la desesperanza, con el miedo. Sus rostros tienen ojos semicerrados, que encierran desconfianza, porque están acostumbrados a nuestros juicios. Tienen el color de la calle, un color oscuro, que manifiesta el gris de la existencia que llevan. Son rostros llenos de arrugas, de sufrimiento, de cansancio. Aunque sean jóvenes, casi siempre aparentan 20 años más. Sus manos son manos gastadas, endurecidas, que reflejan la lucha no por vivir, sino por sobrevivir. Llevan en ellas los cortes producidos al buscar en la basura, las heridas de defenderse de quien les ataca para robarles lo poco que tienen o simplemente para reírse y ensañarse aún más porque están bebidos o drogados o ambas cosas. Casi no tienen dientes, y esto que para nosotros es cuestión de estética, para ellos es cuestión de salud, porque sin dientes no puedes comer si es que tienes comida, y lo que te echas a la boca lo tragas sin masticar, lo que supone problemas de asimilación, entre otros.

Sobre todo son rostros sin nombre. En Arrecife que es la capital de Lanzarote, todo el mundo se conoce. Es un lugar pequeño. Solo hay una calle peatonal, con comercios, cerca de una plaza, y por allí suelen estar los más pobres, porque siempre hay alguien que les da algo de dinero, un bocadillo, tabaco,… Como digo, todos se conocen, saben quiénes son, y sobre todo conocen sus apodos. Recuerdo muy al principio, que paseando por esa calle me crucé con uno de los chicos (siempre les llamamos chicos, para evitar la palabra usuario, pero eran hombres y mujeres), y me saludó. Yo hice lo propio y le saludé llamándole por su nombre. Se acercó donde estaba y me dio las gracias, diciéndome: <hace tanto que nadie me llama por mi nombre, todo el mundo me llama “tú”, “oye”, “borracho”, incluso cuando no he bebido>. 

¡Qué importante es nuestro nombre! Es lo que nos da la identidad y la dignidad de personas. Pensemos unos segundos qué seríamos nosotros sin nuestro nombre, sin un nombre. Esta es junto a la vida, la primera misericordia que Dios a través de nuestros padres nos ha dado. A mí me lo enseñó esta persona sin hogar. Así que soy yo la que debo darle las gracias.

A medida que iba conociendo sus nombres y sus rostros, iba conociendo sus historias, y según profundizábamos la respuesta a aquella pregunta ¿qué habrán hecho para llegar a estar así?, se iba dando. Esta respuesta es: casi nada. Se llega a estar sin nada, prácticamente sin darse cuenta. Se empieza contando que perdieron el trabajo y no encontraron otro, sobre todo en la crisis; estar sin trabajo produjo problemas en la familia, la pareja se resintió y se rompió; como la cosa iba mal en casa, me metí en el bar donde algún amigo me pagaba una bebida y fue mi perdición; o como no tenía que comer ni como pagar la luz, me prostituí; me iba mal en el colegio, me junté con malas compañías; abusaron de mí cuando era pequeña; me maltrataron y para olvidarlo empecé a consumir; yo soy la oveja negra de la familia. Normalmente las personas sin hogar han vivido varias de estas circunstancias. Todas carecían de lo fundamental: una estructura afectiva. No tenían relación con sus familias y amistades. La mayoría no sabía ni por qué, y a muchos les daba vergüenza acercarse a ellos. Viven en una soledad profunda, ni cuentan con nadie, ni nadie cuenta con ellos. Una mujer, como de mi edad, me dijo “si me muriera ahora nadie me lloraría”. 

Algunos murieron estando yo allí y estuvieron solos en la muerte. Cuando una persona sin hogar muere, si está documentado y se localiza a la familia, en el mejor de los casos, ésta se hace cargo. Pero si no, el ayuntamiento se encarga del entierro. Lo normal es que solo asisten, los operarios de la funeraria y el sepulturero. Como decía, allí nos conocíamos todos, y cuando alguno moría en la calle, la policía venía a ver si le conocíamos, “si era de los nuestros”. Siempre era y siempre pedíamos que nos avisaran para acompañarle en el último momento. Casi nunca lo hicieron, “es que fue de inmediato”, “es que no podíamos esperar”. Excusas. Solos hasta el final. Nadie les lloraba, porque nadie les amaba.

Esto, me interpelaba y aun hoy me interpela. ¿Qué he hecho yo para tener tanto? Familia, amigos, una comunidad donde compartir la vida y las ilusiones. Sé que cuando me muera, si me muero ahora, alguien llorará mi muerte. ¡Cuánta misericordia conmigo!

En la casa, solía haber problemas con la distribución de tareas y su cuidado personal. Cada persona tenía una tarea asignada semanalmente, de forma rotativa. A veces no querían pasar por algunas tareas, y no era porque fueran vagos, no porque fuera pesado, sino porque no sabían, o mejor dicho, ya no se acordaban de que eso era importante y necesario: algunos no veían necesario limpiar el baño a diario, ni hacer la cama, incluso no sentían la necesidad de lavarse los dientes. Alguno con sentido del humor decía: “yo no me lavo los dientes porque no tengo”, y es que era verdad. Pero tampoco veían la necesidad de ducharse, de ponerse desodorante, colonia, peinarse,… porque viviendo en la calle, eso no es importante. Lo importante es sobrevivir, tener qué comer, no pasar frío por la noche, guardar lo poco que tienes. Lavarte los dientes, ¿qué sentido tiene? Me enseñaron a relativizar y a dar importancia a las cosas según el momento.  Esto también forma parte de la misericordia, saber que el otro solo llega hasta donde llega, y aunque no cumpla mi expectativa, eso no está ni bien ni mal. Y lo único que podemos hacer es compartirlo. 

Una vez por un problema en la boca, estuve sin hablar una semana. Llegué el lunes a la casa, con un papel escrito, en el que ponía que no podía hablar y que me dirigiría a ellos por escrito. Durante esa semana, no hubo ni un solo conflicto en la casa, su manera de cuidarme, de ayudarme a sanar la herida que yo tenía, fue no darme, según ellos, problemas. Todos hicieron lo que tenían que hacer sin ninguna dificultad. Se podían haber aprovechado, pero ante mi debilidad me demostraron que ellos también eran capaces de misericordia.

Podría seguir contando anécdotas, pero no se trata de esto. Cuando llegué a Lanzarote, conseguí un trabajo de educadora. Al poco tiempo, cuando alguien me preguntaba en qué consistía mi trabajo, contestaba que no sabía explicarlo bien: estar, vivir, compartir con personas sin hogar. 

Descubrí por qué ellos, junto con otros en situaciones similares, son los preferidos de Dios. No es un capricho de Dios, es que son los que más lo necesitan, y los que más transparentan el rostro del Dios que se hace uno de nosotros, y que se entrega por cada uno de nosotros. Ellos han hecho, por lo menos en mi caso, que me dé cuenta de cómo yo también he sido preferida por Dios, muchas veces sin reconocerlo, creyendo tener derecho. Pero no, era por pura misericordia y puro don. Lo que fue una casualidad, encontrar trabajo, realmente fue un regalo que Dios me entregaba.

Acabo con otra cita del papa, “el amor nunca podrá ser una palabra abstracta. Es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano.

La misericordia de Dios es su responsabilidad con nosotros.” Y nosotros “estamos llamados a vivir en misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado…”

Soraya Rivero Monzón, O.P.

 

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